El Club Ecuestre de Doma Natural ARDAI – CIF: G32373136 - es una asociación deportiva sin ánimo de lucro fundada el 18 de junio de 2006
y registrada en el Libro Oficial de Asociacións Deportivas e Deportistas de Galicia con el número de registro C-09350.
Historia de ARDAI
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Ardai surge de mi pasión por la naturaleza, por todos los animales y sobre todo por los perros y por los caballos.
Desde muy pequeña siempre preferí la compañía de los animales a la de las personas y mi sueño, como el de tantos niños,
era tener mi propio caballo. La situación económica en mi casa no era demasiado buena, pero tal era mi empeño y mi ilusión,
que a los 8 años por fin conseguí que me pagasen clases de equitación. Todavía recuerdo la emoción del primer día,
que en pocos minutos se transformó en decepción y miedo. Aquella disciplina casi militar en las clases, los gritos,
la brutalidad con que nos obligaban a tratar a los caballos y sentir la tristeza, el tedio y el vacío en los ojos de mis
amigos caballos pronto convirtió mi sueño en una pesadilla. Lo dejé, pero siempre se quedaron ahí las ganas y la esperanza
de algún día encontrar el modo de compartir mi vida con los caballos sin todo aquel horror.
Algunos pensarán que tuve mala suerte, que fui a un centro hípico de bárbaros, lo triste del caso es que la realidad de todos
los caballos confinados a una cuadra es esa y lo peor del caso es que es una tortura socialmente aceptada e invisible.
La brutalidad está, para todos aquellos que no sean capaces de verlo, en condenar a un animal de 500 kilos a vivir estático
en un box que con suerte alcanza los 9 metros cuadrados y confinarlo allí, aislando a un animal social de sus congéneres
–construyamos cuadras cuyos muros superen en altura la cabeza del animal, para que ni siquiera vea o huela al vecino, por si se
pelean y vamos a cerrar la puerta de la cuadra para que no nos moleste al pasar – Eso sin hablar de fustas, espuelas, serretas,
bocados y toda la cantidad de utensilios pensados para obligar al caballo a hacer lo que podemos conseguir sin violencia alguna.
A pesar de esa experiencia, mis ganas de estar cerca de un caballo fueron más fuertes y a los 20 años, en cuanto ahorré
un poco de dinero me apunté de nuevo a clases de equitación ¿que por qué fui otra vez a una hípica? Porque no conocía nada más.
Esta vez si tuve claro que aquel no era mi mundo, aunque no era capaz de ver el daño que se hace a los caballos con la claridad
que lo percibo ahora, fue suficiente para mí el ver el desbrave de un potro. Lo dejé de nuevo, pero al menos tenía las cosas claras,
sabía lo que no quería.
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En cuanto conseguí un trabajo estable y la posibilidad de tener mi propio caballo se volvió una realidad, empecé
a leer artículos, libros y un día, buscando en internet algo diferente me topé con la web de la etóloga Lucy Rees y descubrí la doma natural.
No necesité nada más,
aquello era lo que yo buscaba, la forma sencilla y amable de hacer las cosas con los caballos que sentía en mi
interior que existía, aún antes de conocerla. Comencé a hacer cursos relacionados con la doma natural y aunque
algunos fueron una verdadera decepción, por ser casi más violentos que la doma tradicional, al menos pude ver
que había otro camino.
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Así, decidí que había llegado el momento de tener mi propio caballo y me enamoré de Tango, un potro de 2 años un poquito salvaje y rebelde que,
dada mi inexperiencia se me escapaba completamente de las manos. Mis conocidos del mundo del caballo me dijeron que me mataría, que nunca lo podría montar,
que usara una serreta, pero decidí que si eran así las cosas me dedicaría el resto de su vida a mirarlo pastar.
Por suerte en uno de tantos cursos a los que asistí había coincidido con Felipe Lleras, actual presidente de la Asociación Española de Psicoterapia Asistida con Animales,
y en mi búsqueda desesperada de socorro recurrí a él. Vino a mi casa y en media hora estaba subido en Tango mientras el caballo permanecía impasible, tranquilo y quieto.
Sin matar su temperamento, su carácter y su fuerza, conseguimos hacer de Tango el caballo que es hoy, un caballo al que montan los niños más pequeños que acuden a
nuestras actividades. De Felipe aprendí la actitud con los caballos, a mantener la calma, a no dudar, a manejar la cuerda correctamente y que un caballo bien
adiestrado no necesita llevar nada en la boca, pero sobre todo aprendí la importancia del trabajo, la paciencia, la constancia y la coherencia a lo hora de trabajar,
convivir y adiestrar caballos. Aunque hoy hago las cosas de forma diferente a lo que aprendí con él, puesto que mi propia experiencia me ha demostrado que obtengo mejores
resultados trabajando con caballos sueltos en un picadero redondo, que la cuerda me entorpece sobre todo con caballos resabiados – aunque es muy útil en momentos
puntuales - le agradezco de corazón su tiempo y su trabajo y el haber compartido conmigo y con mis caballos sus conocimientos de forma tan generosa en los dos años que
trabajamos juntos.
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Ardai , que en principio iba a ser una aldea de turismo rural que ofertase paseos a caballo,
busca hoy posibilitar a la gente que siente la necesidad de acercarse a los caballos de una forma diferente,
el acceso a una oferta de actividades lúdicas, formativas o terapéuticas con perros y caballos, que cubra esa necesidad,
porque ese ha sido el sentimiento que nos ha unido a todos los que formamos el equipo humano de Ardai.
Natalia, María, Olalla, David y yo misma, nos esforzamos al máximo por ofrecer actividades y formación de calidad,
cuidando cada detalle de nuestro trabajo. Creemos firmemente en lo que hacemos y nos avalan nuestros resultados,
el cumplimiento de los objetivos que nos marcamos en cada actividad y un cien por cien de clientes plenamente satisfechos.
Es por esto que el proyecto Ardai crece día a día y te ofrecemos la posibilidad de disfrutar y aprender de los perros y
caballos y de vivir la naturaleza con la misma intensidad con la que lo hacemos nosotros. Contamos con tu participación.
Izcalli Fernández
Directora de Ardai
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